Hay personas que están destinadas a sobresalir por encima de otros mortales. Es una cuestión de actitud, de espíritu. Miki Dora poseía esta magia. No se amoldaba a las normas, su naturaleza no se lo permitía. La vida era demasiado corta para él, tenia que vivirla como quería, no como la sociedad lo recomienda. Para darnos una idea de cómo era, imaginemos a Cobain, Morrison, o Hendrix como surferos: puro talento y estilo genial, producto de la necesidad primordial de expresar y canalizar todos esos sentimientos y energía. El surf también alivia el dolor.
Miki, nacido en 1936 en Budapest, ya demostraba una actitud rebelde y transgresora desde muy joven, tal vez, para romper con la educación que intentó darle su padre mandándolo a una academia militar; la mejor manera de generar odio hacia la autoridad.
Miki y sus amigos dominaban la escena surfera de Malibu. Sentían que esta playa era su territorio, por lo tanto, el derecho a las mejores olas era natural e incuestionable. Pero como todo lugar único, las playas de Malibu comenzaron a ser visitadas cada vez por más surfistas. “Su” playa se plagaba de cientos de “imbéciles” -como él mismo los llamaba. Dora, había sido uno de los pocos en surfear Malibu prácticamente solo. Por ello, tal vez, su egoísmo por las olas, que era bien conocido. En su juventud, cuando alguien cometía el error de meterse “su” ola, Miki saltaba lanzando su tabla hacia adelante con las piernas, apuntando directo a la cabeza del desafortunado intruso. No pudiendo hacerles entender a los miles de visitantes que esa playa era “suya”, y luego de sufrir profundamente la situación, decidió viajar persiguiendo lugares solitarios.
En 1963, Dora llegó a Hawai. Allí, fue considerado un “cornalo” por los surfistas de olas grandes, como Ricky Grigg. Miki tapó la boca de muchos cuando aprendió a dominar las olas de más de siete metros de Waimea en un solo día. Su buen amigo y surfista de olas grandes, Greg Noll, lo dijo así: “…hizo la transición de ser el rey de las olas chicas a surfear olas de siete metros como jamás vi a nadie hacerlo. Y lo hizo en un solo día”.
Durante los ‘60, Miki desarrolló el desprecio por los campeonatos y el control fachista que ejercían sobre los surfistas, las olas y las playas. Decía que los jueces eran unos engendros surferos seniles, y rechazaba la supuesta autoridad que tenían los autoproclamados dirigentes del deporte. En el Malibu Invitational Surf Classic de1967, compitiendo por última vez, Miki tomó una ola; mientras la cortaba con una destreza impecable, frente a la tarima de los jueces y espectadores, se bajó el short exhibiendo su blanco trasero.
El mal carácter de Dora era compensado por su gracia en la ola. Era uno de esos fenómenos sobrenaturales que aparecen muy rara vez, y que no surfean para los fotógrafos, ni para los jueces, ni para los espectadores sentados en la arena… surfean por una necesidad interna; prefieren la soledad y la magia de una playa solitaria, que muchedumbres aplaudiéndolos en la costa.
Miki, buscando esas olas vírgenes, pasó un tiempo en las costas salvajes de Namibia, surfeando completamente solo con los tiburones, el arrecife de coral y fuertes corrientes.
También fue famoso por su faceta de delincuente, asociada con su espíritu sin límites; tan sin límites que cometió estafas y robos hasta con sus amigos. Estuvo dos años preso, y al salir se instaló en la costa francesa, que había adquirido una onda californiana de las buenas épocas. Pero también otros humanos valoraban ese paraje. Así que, nuevamente, Dora sintió la necesidad de partir seguir su búsqueda. En 1986, voló a Sudáfrica. Habiendo surfeado Jeffreys Bay en 1971, volvió a aquellas olas perfectas y largas, cerca de Cabo San Francis, lanzadas a la fama por la película Endless Summer, de Bruce Brown. La primera vez que había estado allí, surfeó solo. Pero esa vez, con 50 años, tuvo que lidiar con una tropa de surfistas locales jóvenes y fieros, por los que no era bienvenido. Pero gracias a su gran talento, logró robarse algunas olas clásicas.
A los 65 años, se marchó a surfear a Chile. Ya enfermo de cáncer de páncreas, viajó a Australia al año siguiente. Al poco tiempo, y sabiendo que le quedaban sólo meses de vida, surfeó en Francia su ultima ola. Luego, regresó a la casa de su padre en Montecito, California, donde finalmente su vida se extinguió el 3 de enero de 2002.
Los que surfeamos, entendemos perfectamente esta necesidad vital. Es nuestro momento de felicidad primaria, de comunión con la naturaleza, tan necesaria para el espíritu aunque muchos no lo sepan. En el Océano, todos nuestros problemas quedan en la tierra. Las olas son nuestro consuelo y refugio… nuestro altar. Y Miki lo valoraba más que nadie. Dora es parte de la historia y cultura universal del surf. Debemos rescatar su ejemplo de amor por el surf anticomercial y puro, que ejerció con toda la intensidad hasta el final. Todavía varios graffitis California lo aclaman, Dora Lives!
Miki, nacido en 1936 en Budapest, ya demostraba una actitud rebelde y transgresora desde muy joven, tal vez, para romper con la educación que intentó darle su padre mandándolo a una academia militar; la mejor manera de generar odio hacia la autoridad.
Miki y sus amigos dominaban la escena surfera de Malibu. Sentían que esta playa era su territorio, por lo tanto, el derecho a las mejores olas era natural e incuestionable. Pero como todo lugar único, las playas de Malibu comenzaron a ser visitadas cada vez por más surfistas. “Su” playa se plagaba de cientos de “imbéciles” -como él mismo los llamaba. Dora, había sido uno de los pocos en surfear Malibu prácticamente solo. Por ello, tal vez, su egoísmo por las olas, que era bien conocido. En su juventud, cuando alguien cometía el error de meterse “su” ola, Miki saltaba lanzando su tabla hacia adelante con las piernas, apuntando directo a la cabeza del desafortunado intruso. No pudiendo hacerles entender a los miles de visitantes que esa playa era “suya”, y luego de sufrir profundamente la situación, decidió viajar persiguiendo lugares solitarios.
En 1963, Dora llegó a Hawai. Allí, fue considerado un “cornalo” por los surfistas de olas grandes, como Ricky Grigg. Miki tapó la boca de muchos cuando aprendió a dominar las olas de más de siete metros de Waimea en un solo día. Su buen amigo y surfista de olas grandes, Greg Noll, lo dijo así: “…hizo la transición de ser el rey de las olas chicas a surfear olas de siete metros como jamás vi a nadie hacerlo. Y lo hizo en un solo día”.
Durante los ‘60, Miki desarrolló el desprecio por los campeonatos y el control fachista que ejercían sobre los surfistas, las olas y las playas. Decía que los jueces eran unos engendros surferos seniles, y rechazaba la supuesta autoridad que tenían los autoproclamados dirigentes del deporte. En el Malibu Invitational Surf Classic de1967, compitiendo por última vez, Miki tomó una ola; mientras la cortaba con una destreza impecable, frente a la tarima de los jueces y espectadores, se bajó el short exhibiendo su blanco trasero.
El mal carácter de Dora era compensado por su gracia en la ola. Era uno de esos fenómenos sobrenaturales que aparecen muy rara vez, y que no surfean para los fotógrafos, ni para los jueces, ni para los espectadores sentados en la arena… surfean por una necesidad interna; prefieren la soledad y la magia de una playa solitaria, que muchedumbres aplaudiéndolos en la costa.
Miki, buscando esas olas vírgenes, pasó un tiempo en las costas salvajes de Namibia, surfeando completamente solo con los tiburones, el arrecife de coral y fuertes corrientes.
También fue famoso por su faceta de delincuente, asociada con su espíritu sin límites; tan sin límites que cometió estafas y robos hasta con sus amigos. Estuvo dos años preso, y al salir se instaló en la costa francesa, que había adquirido una onda californiana de las buenas épocas. Pero también otros humanos valoraban ese paraje. Así que, nuevamente, Dora sintió la necesidad de partir seguir su búsqueda. En 1986, voló a Sudáfrica. Habiendo surfeado Jeffreys Bay en 1971, volvió a aquellas olas perfectas y largas, cerca de Cabo San Francis, lanzadas a la fama por la película Endless Summer, de Bruce Brown. La primera vez que había estado allí, surfeó solo. Pero esa vez, con 50 años, tuvo que lidiar con una tropa de surfistas locales jóvenes y fieros, por los que no era bienvenido. Pero gracias a su gran talento, logró robarse algunas olas clásicas.
A los 65 años, se marchó a surfear a Chile. Ya enfermo de cáncer de páncreas, viajó a Australia al año siguiente. Al poco tiempo, y sabiendo que le quedaban sólo meses de vida, surfeó en Francia su ultima ola. Luego, regresó a la casa de su padre en Montecito, California, donde finalmente su vida se extinguió el 3 de enero de 2002.
Los que surfeamos, entendemos perfectamente esta necesidad vital. Es nuestro momento de felicidad primaria, de comunión con la naturaleza, tan necesaria para el espíritu aunque muchos no lo sepan. En el Océano, todos nuestros problemas quedan en la tierra. Las olas son nuestro consuelo y refugio… nuestro altar. Y Miki lo valoraba más que nadie. Dora es parte de la historia y cultura universal del surf. Debemos rescatar su ejemplo de amor por el surf anticomercial y puro, que ejerció con toda la intensidad hasta el final. Todavía varios graffitis California lo aclaman, Dora Lives!
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