El universo y los empujes de la vida me han traído a morar cerca del mar. Lo increíble es que mi realidad se tiñó lentamente del agua que me rodea con su azul presencia. Se ha filtrado en mi hisotria como se cuela entre las piedras cuando se arrima a la orilla.
Mi trabajo de escritura se está relacionando hoy con lo acuático.
Sea de donde sea que vengan, siemrpe se leerán en este espacio para mi expersión, palabras llenas de mí.

martes, 12 de octubre de 2010

CHAPADMALAL. PUEBLO SURFERO.

Casi a mitad de camino entre Mar del Plata y Miramar, existe un punto. Un lugar. Para muchos, el paraíso. Para los habitantes permanentes es la mejor combinación entre mar, campo y ciudad. Si la idea es rajarle a la vorágine citadina, uno comienza a pensar en lo lindo que sería habitar un pueblito perdido en la nada. Tranquilo. Pero, ¿estamos preparados para que sea tan tranquilo? ¿Qué pasaría con la salud de nuestras mentes cuando la “onda verano” se termina? Es deslumbrante pasarse ratos cerca de la ventana viendo la llovizna y el viento azotar los juncos dorados. Un día… dos… ¿Diez días?

Despojado de cualquier perturbación, Chapa, está a unos veinte kilómetros de la ciudad de Mar del Plata que, si a uno le apetece, se entrega con una caterva de actividades y personas que pululan por doquier. Ir a la urbe es caer casi como turista en esos momentos en que las cosas con el clima se ponen ásperas.
“A veces te vas a dormir y te das cuenta de que no hablaste con nadie en todo el día.” Dice Hito con su sonrisa blanca y un aire de solitario.
El invierno llega con una energía estrafalaria. La gente actúa como las hormigas; trabajan sin parar en verano porque cuando el frío llega hasta los huesos es preferible escabullirse en la cuchita y casi no asomar. No se despegan de la salamandra para que no se extinga el fuego que los protege de los tres bajo cero afuera. Se dice por ahí que las mejores armas en Chapa contra el frío son: generosa calefacción, muchas películas, buenas raciones de chocolate y una gratísima compañía.

En marzo, cuando todos se repliegan a las ciudades a retomar sus labores, aparecen. Después de estar detrás de mostradores, con palos llenos de artesanías en la playa, trepando escaleras de pintor o haciendo jardines, se los ve; a las seis de la mañana parados en el acantilado chequeando el swell; disfrutando de esa playa desierta y ese mar todo para ellos. Porque una cosa no quita la otra. En verano es un lugar increíble lleno de gente en las playas y en los bares. Eso es muy divertido. Pero cuando eso se termina, además de todo aquello de la salamandra y los chocolates, no está nada mal disfrutar de una hermosa tardecita de sol, emponchado, tomando mate junto al mar. Sin carpas; sin chiringos; sin encargados de recreación ni guarda-vidas. Vos, la playa y las gaviotas. A veces, en octubre, pasan las ballenas. Estás sentado en la tabla esperando la ola para salir porque te estás poniendo azul y pasa, a unos doscientos metros, una cosa negra que es demasiado grande para ser un lobo marino. Se sumerge, muestra su cola y después larga agua. No existe el comentario acertado para describir eso. Ese momento nos hace saber que valió la pena haber estado ahí.

Hay algo importante a tener en cuenta, si se tiene la intensión de venir a surfear cuando el agua está a menos de 11º. Unos buenos tips para disfrutarlo -o no padecerlo- son: hay que tener un traje 4-3 con costuras selladas y trampa de agua; accesorios que no pueden faltar son los guantes, botitas y capucha; hay otra cosa que puede resultar útil: tómese una frazada más nueva que vieja para que el abrigo sea adecuado. Dóblese por el medio. Con una tijera hágase un corte en el centro del doblez. Para tener una idea cabal del resultado, tiene que parecerse bastante a un poncho. Una vez en la playa, ventosa y fría, nos colocamos este enorme poncho que arrastra por el piso. Ahora podemos sacarnos el traje mojado y ponernos nuestra ropa. Nos ahorramos lo penoso de tener nuestra piel expuesta a los cuatro vientos y la odisea de andar con el traje puesto mucho tiempo con riesgo de pescar paspaduras muy poco sexys.

Cuando hay móvil, lo mejor es levantarse temprano y salir a recorrer la costa en busca de la mejor ola para hoy. Bajando los pies de la cama y mirando la punta de la palmera del vecino, Rufus dice: -¡viento norte! ¡Voy a ver el mar!

-Los hoteles siempre se pone- dice Rany. Vive en una cabaña que levantó con sus manos y que si te invita a subir al cuarto, tiene el ventanal con una de las mejores vistas al mar. Trabajador inagotable; pero hay que ver cómo sale corriendo a las siete de la mañana para hacerse una metida antes de entrar al trabajo.

A la paloma, es dificultoso descender porque otrora no fue más que una bajada de pescadores. Un caminito ínfimo en el acantilado y una soga. Sólo si se siente la suavidad de la arena en el dedo gordo hay que soltarse; si no, es mejor mirar antes para abajo. Una de las mejores olas de la zona y que no está restringida por ningún concesionario. Por eso es de las más codiciadas para hacer campeonatos.

Según las buenas lenguas, en Cruz del Sur suelen formarse olas potentes y muy prolijas. Lamentablemente, muchos de los locales cuentan cómo fueron apaleados en el agua gracias al servicio de los matones que vigilan. Ni bien se pone un pie en la arena, hay un cartel que versa: PROHIBIDO SURFEAR DE 9 A 18. En un país en el cual no se puede conocer lagos porque tienen cerco, el mar no se salva de tener “dueño”.

Luna Roja se convirtió en una de las playas con más crawd de la zona sur. Dueña de un paisaje bucólico es la elegida por, al menos, tres generaciones de jóvenes que se dan cita allí para pasar veranos enteros entre juegos y amoríos; olas y fogones interminables. Hay que hacer la prueba. Pararse antes de bajar y observar un poco: Acantilados bajos junto al cauce del arroyo que recorre la playa, caprichoso, en zigzag hasta desembocar en el mar. Él hace jugar la espuma del agua dulce por encima de las rocas. Y es gracioso ver a los perros galopar detrás de ella queriendo cazarla con la boca.
En una esquinita, como estandarte de surfistas, está la escuelita de surf “Laf Quenche”. Se ve desde la ruta; es una cabañita rodeada de piedras. Los chicos de la Estafeta la construyeron en poco tiempo sin saber que en el futuro sería refugio para muchos. Los que pasamos nuestros veranos de juventud retozando en la arena de la escuelita, guardamos en el corazón los mejores recuerdos y las anécdotas más divertidas de nuestras vidas.

La recorrida sigue por el centro. El supermercado de la Estafeta, sobre la ruta, es tradicional en la zona. Allá lejos, hace tres generaciones, había una pequeña almacén que hoy es el lugar elegido por todos los turistas para hacer sus compras de fin de tarde. Cuando éramos muy jóvenes y veníamos de surfear las largas y divertidas olas de Luna Roja, entrábamos al súper y al primer descuido, hacíamos de las nuestras. Sabíamos que no estaba bien. Pero nada nos quitaba el placer de saborear esos sándwiches manchados de travesura, desde el acantilado, pronosticando las olas del día siguiente.
Esa era la época en que todavía no se había plagado la costa de escolleras y el puerto de dragas. La Estafeta -hoy ya no tiene arena- era una playa muy concurrida por los surfistas del barrio porque había muy buenas olas.

Chapadmalal es un pueblo surfero porque, además, tiene sus propios shapers. Uno de ellos, Steve Wilson, llegó hace ya más de 15 años y no para de trabajar. En este tiempo ha logrado hacerse un buen nombre en la zona y conocido en todo el ambiente surfero. Rufus, con más de 12 años de experiencia, también eligió Chapa para instalar su taller de tablas. Cualquiera pensaría que estos dos personajes, alejados de una ciudad donde sí están los clientes, no tienen mucho futuro. Sin embargo, a los dos les va muy bien. Llevan una vida tranquila y hasta han mantenido alguna charla cerveza de por medio, dejando de lado la competencia.

Para vivir en Chapadmalal uno tendría que lograr una conducta intachable. Aunque esto también podría generar comentarios. Si, porque cuando se vive el día a día, uno cae en la cuenta de que como todo pueblo chico… Casi sin querer te enterás que ese estuvo mil años con aquella, tuvo hijos con esta, pero se casó con esa. O que el de más acá está enemistado con el de más allá y, entonces, ni se te ocurra pasar por las narices de uno charlando con el otro porque automáticamente entrarás en la lista negra del primero. En un principio decimos: “gente rara”. Con la exultante soberbia de ciudad. Pero pasado un tiempo, no te quepa la menor duda, te encontrarás en conversaciones del tipo: “Che, viste que tal…? ¿Vos sabés algo?”. Ahí, justo en ese instante, te estás enterando de que la dinámica del pueblo te llegó y te atrapó. Alguna vez, de paseo por Salta, he escuchado el lema que uno tendría que aplicar cuando llega a cualquier pequeña comunidad: “No hables mal de nadie porque son todos parientes. Y no hables bien de nadie porque están todos peleados”. Una de las tácticas de los que vivimos acá no hace mucho es pedir monitoreo a los amigos visitantes. Si empiezan a vernos metamorfoseados, ¡avisen!

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